viernes, 20 de octubre de 2023

Vladimir, de Leticia Martin.

Todas las críticas y comentarios destacan de esta novela la originalidad del tema: el deseo de una mujer madura por un joven. Algo, dicen, nada tratado en la literatura. Se está diciendo que es la versión inversa de Lolita, lo que puede ser cierto, ya en el nombre del personaje hay una declaración de intenciones, pero no es verdad que sea un tema nada tratado en la literatura. Desde la antigüedad clásica tenemos a Fedra: una mujer madura, aunque más joven que su marido, que se enamora del hijo de este, Hipólito, un joven apuesto y casto que, encomendado a Artemis, no tiene ningún interés por las mujeres, ni por lo tanto por Fedra. Cuando la nodriza se inmiscuye, o con variaciones según qué versión, todo acaba en tragedia.

El tema del deseo femenino por adolescentes, y concretamente por aquellos inaccesibles debido a una relación de poder, entonces, sí ha sido tratado. Otra cosa es que no se hable tanto de ello como de la novela de Nabokov, o que en el mundo actual haya muchos más casos (al menos conocidos, porque está mucho más aceptado) de hombres maduros babeando por jovencitas que al revés. (O que hombres babeando por jovencitos, como en La muerte en Venecia, o mujeres babeando por jovencitas, como El mismo mar de todos los veranos).

Ya Fedra, en el siglo V a. C., como aquí Guinea, se atormentaba por eso prohibido que sentía, por el acto innombrable que su cuerpo le pedía. De hecho, a Fedra se la castiga con la muerte incluso cuando en la mayoría de las versiones nunca cede a sus impulsos por su hijastro.

Desde hace tiempo me interesan las mujeres de las grandes tragedias de Eurípides, tan actuales y feministas pese a que se diga que el dramaturgo clásico era un misógino, y cómo o de qué se las culpa o con qué fundamento se las condena en cada una de las versiones. Así que al leer Vladimir, acabo pensando antes en Fedra que en Lolita


Conocí este libro porque escuché la entrevista que le hicieron a Leticia Martin en La hora extra y tuve muchas ganas de leer el libro. Esperé cerca de un mes por él en la lista de espera del catálogo digital de las bibliotecas públicas municipales. Había leído el extracto de muestra y me había dejado atrapada.

Cuando por fin pude acceder al texto, me lleve una sorpresa inicial por el número de páginas: esperaba una novela más larga para poder contener todo el desarrollo que habían contado de la obra. Todos los matices morales prometidos, las reflexiones de la protagonista, su debate interno. Pero resulta que todo es muy conciso, muy directo al grano. Nada de divagaciones. Las dudas internas y las contradicciones entre razón y deseo de la protagonista no ocupan páginas, sino apenas frases, a veces ni párrafos enteros. 

Es verdad que el lenguaje estrictamente sobrio, las frases cortas y la ausencia de discursos profundos encajan bien con el marco de catástrofe eléctrica donde se desarrolla la trama: refleja la urgencia. Pero a mí me hubiera gustado un poco más de reflexión (y hubiera sido posible, porque ese encierro apocalíptico que viven los personajes recuerda mucho al confinamiento por el covid, donde tuvimos en realidad muchísimo tiempo para reflexionar). 

Por otro lado, siento que es una forma de narrar muy actual, como si pudiera haber sido escrita en el espacio reducido de la pantalla de un móvil, en un teclado de cinco centímetros, y en cualquier sitio, como en los breves trayectos de metro al trabajo, o en las pausas para el café. Un estilo comunicativo de smartphone, que se presta más a aportar solo los datos concretos y necesarios en cada momento para describir la acción, que hace avanzar la trama sin hacernos perder tiempo, que va a lo que en principio importa. Las divagaciones o reflexiones al estilo de cartas manuscritas o textos mecanografiados serían lo contrario, el tiempo para la calma, lo que hemos (o Guinea, la narradora, ha) perdido en este mundo tan dependiente de la tecnología que no sabe sobrevivir a un apagón. 

Uno de los mejores momentos del libro es precisamente la escena de cortar la carne animal, porque aporta detalles, porque se explaya un poco en lo grotesco. También el momento del examen de Nicholas tiene más calma: sabemos hasta la luz que entra por la ventana, recortada sobre qué paisaje de árboles. 

Normalmente agradezco la brevedad de las novelas, pero en este caso me hubiera gustado un texto un poco menos escueto, con un poco más de espacio para desarrollarse, para no quedarse en lo superficial. 

Y es que las reseñas destacan como algo positivo la crítica al sistema de vida actual tan dependiente de la electricidad, de Internet, de las comodidades modernas. Sin embargo, yo no creo que el libro aporte mucho más sobre el tema que lo que recogen las propias reseñas. Si en una reseña de un par de párrafos se puede contar todo lo que dice la novela sobre ese tema, no se puede decir que el libro haya aportado mucho al debate. 

Lo mismo ocurre con el tema del deseo: a mi parecer, se queda corto. Nombra la presencia constante de ese deseo y hay algunas escenas eróticas (no muchas ni muy largas ni muy sensoriales), pero no va más allá de ahí. Ese deseo existe en la protagonista y esta es castigada por ello. Intenta convencerse de que no debe ceder a sus impulsos, pero los argumentos con los que se intenta persuadir no aparecen en el texto, tan solo la certeza de que no debe hacerlo porque está mal y el miedo de que lo hará aun así.


Sí me parece bien conseguido en los breves diálogos la diferencia de voz entre Guinea y el adolescente argentino, con una diferencia de registro, de vocabulario y de tono. 

Aunque también me hubiera gustado ver más retratado al personaje de Rostov en sus propias acciones y no solo en los juicios que la narradora hace sobre él. Comprendemos que lo odia y le asquea porque nos lo dice a menudo, pero no llegamos a ver cuáles son las acciones o comportamientos que le hacen odiarlo, a excepción de un intento por intimar físicamente con ella en la cocina. Querría que el texto me hiciera sentir ese odio y esa repulsión hacia él, en vez de informarme de ello.


En realidad no puedo decir que no me gustara, porque la disfruté y la devoré en dos días leyendo en cada momento libre, pero me sorprende y decepciona un poco que esta haya sido la novela elegida entre más de 400 textos presentados al premio Lumen de Novela. Como si esperara algo más literario y menos "texto corto y fácil de leer, accesible, con temas comodín de la época actual (la dependencia de internet y lo inútiles que somos sin electricidad), crítica tibia a la sociedad (no podemos estar sin el móvil, la desinformación, la creencia de que todo es un ataque de China), y su parte de erotismo polémico para que se hable de él y dé fácilmente comentarios impactantes para las fajas".


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