lunes, 4 de agosto de 2025

La isla del árbol perdido, de Elif Shafak.

Empecé a leer este libro hace unos meses en los descansos del trabajo, sin tener ni idea de qué iba. Tal vez por eso me conquistó cuando se cumplió mi intuición de que la isla azul que estaban describiendo era Chipre, adonde yo había estado pensando en irme a vivir, hasta que finalmente me decidí por Atenas. Al principio, me pareció tremendamente poético y sensible. Justamente por eso, no me parecía el tipo de libro para leer en el móvil en momentos de cerebro roto. Si hubiera estado en España, habría ido a una librería y me lo habría comprado. Aquí, barajé la posibilidad de pedirlo por Internet, pero como no siempre es fácil recibir paquetes, lo fui posponiendo, mientras leía otros libros. Cuando acabé Libre, de Lea Ypi, con una sensación de vacío tras una buena lectura, que necesitaba quitarme de encima pronto con otra, vi en la pantalla de eBiblio que todavía tenía La isla del árbol perdido entre mis préstamos, aunque caducado. Lo descargué otra vez y lo volví a empezar desde el principio. Pero, esta vez, la magia no se produjo. Tal vez fue porque ya sabía de qué iba, o porque acababa de leer un libro que me había gustado mucho, o porque tenía el cerebro en mejores condiciones para analizar la lectura…, la cuestión es que las partes poéticas se me hacían demasiado cursis y poco originales a veces, la historia actual de la adolescente británica se me hacía simplista (narrada como una novela juvenil, sin entrar en profundidades técnicas ni argumentales) y la historia de los dos amantes en un momento trágico de la historia de Chipre se me hacía tópica (narrada como una novela romántica sin mucha profundidad más que la sensiblería de un amor prohibido en tiempos de desgracia).

El argumento empieza con Ada, una adolescente que se pone a gritar como una loca en clase, por el trauma de haber perdido recientemente a su madre, Defne, y por no conocer la historia de su familia, emigrantes chipriotas. Mientras, su padre, Kostas, un investigador sobre plantas, entierra en el jardín de su casa una higuera, siguiendo una técnica antigua, para que sobreviva a una tormenta helada. Para romper el status quo, y ante el enfado adolescente y no muy bien justificado rechazo de Ada, viene desde Chipre la tía Meryem, hermana de la madre, para pasar las navidades con ellos. Intercalada con el presente, se cuenta la historia del romance de los padres de Ada en Nicosia, un griego y una turca, y, con ello, la historia de la división de Chipre.

La estructura de la novela es curiosa al principio: está compuesta por capítulos cortos con diferentes narradores. Un narrador en tercera persona para los hechos actuales en Inglaterra, el mismo narrador en tercera persona para la historia de amor de Kostas y Defne en el pasado, y un narrador en primera persona, que narra todo aquello a lo que la higuera tiene acceso: lo que oye enterrada en el jardín, lo que vio y oyó cuando estaba en una taberna en Nicosia, y lo que le cuentan los insectos o los animales que se posan en sus ramas. Al principio, esto es curioso, ya que la higuera habla con perspectiva o conocimientos de árbol, dando datos sobre las plantas y cómo son percibidas erróneamente por los humanos, con una intención ecologista. Sin embargo, a medida que el libro avanza, a veces está estructura parece que encorseta la acción. De hecho, llegado un momento, los capítulos narrados por la higuera, que alternaban siempre con aquellos en tercera persona, se espacian, para dejar más lugar a la historia de amor.

Diciendo todo esto, parece que el libro no me gustó. No es verdad. Simplemente, no me gustó tanto como había previsto cuando me había topado con él y había leído solo las primeras páginas. No tiene el valor literario que le había supuesto, ni es tan profundo ni tan poético. Pero me gustó leer sobre la historia de Chipre de esta forma. Fue la curiosidad por cómo contaba la historia de Chipre y cómo describía su sociedad y sus paisajes lo que me hizo seguir leyendo cuando los personajes y sus conflictos y conversaciones no me convencían del todo. La parte histórica está contada en todo momento desde una neutralidad absoluta: no hay buenos y malos, solo tragedia que afecta a la gente corriente. No hay griegochipriotas y turcochipriotas, solo isleños, que sufren el conflicto por igual. Me faltan conocimientos más profundos del tema, pero a veces esto se me hacía un poco naíf o irreal.

De todas formas, lo leí de forma ágil, sin perder el interés y con ganas siempre de saber qué me esperaba en las siguientes páginas. Tal vez sí hubiera sido, después de todo, una buena lectura para descansar del trabajo, como fue, finalmente, una buena lectura de verano.

Por cierto, como nota final, no estoy nada de acuerdo con la traducción del título, que tiene todo el sentido del mundo en inglés (The Island of Missing Trees), ya que la trama habla precisamente de eso, pero que no tiene ningún sentido en español, porque el árbol protagonista no está perdido, sino que fue llevado a Inglaterra en una maleta. Es la isla la que ha perdido sus árboles, o bien por la emigración, como este, o bien por incendios y plagas, como se denuncia continuamente en la novela.

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