jueves, 5 de febrero de 2026

Las gratitudes, de Delphine de Vigan.

De que este libro era uno de los grandes fenómenos editoriales de la temporada me enteré después de haberlo leído. Llegué a él porque Marta, compañera del máster en Creación Teatral que estoy cursando, me lo prestó porque le pareció que me iba a ser útil para el proyecto en el que estoy trabajando, que va sobre la vida y la memoria de mi abuela paterna, que vive desde hace años en una residencia de ancianos. Marta me dijo que era una novela preciosa y que, a partir de esta, ella se había ido comprando toda la obra de De Vigan, y que estaba obsesionada con ella y había llorado en varias ocasiones leyéndola. Y que, además, era un libro muy cortito, así que me lo podría leer muy rápido.

Efectivamente, es muy cortito, pero no lo leí tan rápido porque es potente. Me trasladó enseguida al ambiente de las residencias, me vi en la sala de visitas con mi abuela, viéndola no solo a ella, sino también a sus compañeros. Mi abuela, Luisa, hace rehabilitación física, mientras que la protagonista, Michka, hace rehabilitación con un logopeda. Ambas, Luisa y Michka, tienen a veces problemas con el lenguaje, no encuentran las palabras (este es el tema fundamental del libro: dejar de poder acceder a las palabras, perder el lenguaje, a veces, literalmente, debajo de la cama). A la Michka la fuerzan a hacer ejercicios que le cansan físicamente y, sobre todo, mentalmente, porque no ve que funcionen (de hecho, la esperanza no es que recupere el lenguaje, sino que lo pierda lo más lentamente posible). A Luisa le pasa lo mismo cuando la fuerzan a intentar ponerse de pie y andar unos esforzosísimos pasos por las barras paralelas sostenida por la cinturilla del pantalón.

Volviendo a De Vigan, Las gratitudes es una obra maravillosa: entiendo y celebro ese éxito editorial. Como es una reflexión sobre el lenguaje, la traducción es muy importante, y, sin haber tenido acceso al texto original, creo que está muy bien hecha. Pablo Martín Sánchez explica en notas las complicaciones de la traducción y los motivos de las decisiones que toma, así que no me daba pena no estarlo leyendo en francés. Todos los traductores deberían añadir notas cuando hay elementos intraducibles para que los lectores interesados en las lenguas no se queden frustrados y no se sientan inevitablemente engañados.

Las reflexiones de De Vigan sobre la vejez son bellísimas y tan profundas que, aunque me parecía que mi padre (el hijo de mi abuela) lo podría disfrutar muchísimo, no quise recomendárselo ni regalárselo por Navidad para no ponerlo triste. Ni tampoco a mi madre, que también tiene padres mayores que viven todos los días con un profundo miedo a la muerte y al dolor físico que no esconden cada vez que les preguntas cómo están. Puede haber mucha belleza en lo triste, pero al recomendar o regalar libros, a veces hay que cuidar al otro y dejar que, si quiere meterse en estos terrenos, lo haga por su cuenta, y no forzado por haberle caído en suerte o como imposición, aunque sea con las mejores intenciones, en forma de regalo.

Sí que tengo una pega, y es la trama. El argumento de que la mujer anciana tenga que ser una niña judía abandonada por sus padres para escapar del exterminio nazi, que busca ahora, tras toda su vida, a la familia que la acogió, la cuidó y le salvó la vida, para darle las gracias antes de morirse, me sobra. Es bella esa idea de tener una cuenta pendiente con la vida (con personas, mejor dicho) tan grande que no puedes morirte sin haber intentado saldarla. En este caso, además, una deuda tan bella: la expresión del agradecimiento. Michka quiere expresar su gratitud a estas dos personas que le salvaron la vida antes de morirse ella. 

[A partir de aquí, spoiler:]

Y los otros personajes la ayudan. Su hija adoptiva la ayuda, pero sobre todo, su logopeda la ayuda. La hija (embarazada, con un embarazo de riesgo, por lo tanto ausente en gran parte de la obra) y el logopeda de la residencia son los narradores alternos y puntos de vista de la obra, junto con los sueños de Michka, que se entremezclan con la realidad. Pues el logopeda, Jérôme, coge especial cariño a esta sensible e ingeniosa señora hasta el punto de que decide que va a buscar a estas personas antes de que Michka se apague por completo. Y lo consigue. Yo tenía la esperanza de que no, de que fuera un invento, de que quedase en el aire, de que la señora se quedase contenta por haber conseguido expresar su gratitud a tiempo, pero que tal vez fuera solo un regalo que Jérôme le hace, aunque no fuera verdad, para que se pudiera ir tranquila. Pero no. Al parecer es verdad. Al parecer va al pueblo y encuentra por mecanismos casi mágicos a la hija de este matrimonio y uno de sus salvadores consigue leer la carta con las últimas palabras de Michka, que lleva toda la obra luchando por no perderlas.

Y ya, el colmo de los colmos, se deja entrever una especie de flechazo que se confirma bastante patentemente entre los dos narradores jóvenes y solteros unidos por su amor hacia esta señora, que llevan oyendo hablar el uno del otro durante unos nueve meses, pero que no se conocen hasta el final. Delphine, ¿de verdad hacía falta meter el amor romántico en una obra que tan bien había huido de él?

Aun así, preciosa lectura. Como ya dije antes, la recomiendo con cautela, solo a aquellas personas que sepan sentir más belleza que tristeza ante una descripción con tanta verdad de los momentos tan duros del apagarse de sus seres queridos.

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