jueves, 26 de agosto de 2021

La campana de cristal, de Sylvia Plath.

Es una novela brutal, pero una pena que la edición de Random House de 2019 (cuarta reimpresión, junio de 2021), traducción de Eugenia Vázquez Nacarino, esté un poco descuidada. Erratas, puntuación mejorable, pero sobre todo, que mantiene en la contraportada como “lo fundamental del libro” la frase: “Respiré profundamente y escuché el antiguo reto de mi corazón. Soy, soy soy”. Al menos, así uno, cuando se la encuentra entre el texto de la novela, ya va prevenido de que debe fijarse en ella. Y pensar: ¿por qué es esto algo remarcable? Y entonces uno se da cuenta: ¡en inglés! I am, I am, I am. Bum-bum, bum-bum, bum-bum. El latido de su corazón. Pero ni una triste nota de la traducción para explicar que en español no funciona. “Soy, soy, soy” no es el latido en los oídos de ningún corazón.

Empecé la novela una noche y me la acabé dos noches después. Hacía mucho tiempo que no leía con tanta ansia, que tenía más ganas de leer que de ver una serie de Netflix, que dejaba tirados a mis amigos en el servidor del Minecraft para irme a leer. Estaba completamente enganchada.

Lo que se cuenta es brutal, terrible. El tipo de historias que me encanta leer y que a mi psicóloga no le gusta que lea. La transformación brutal de chica exitosa de sociedad a chica deprimida a chica internada en psiquiátrico tras intento de suicidio. Una de mis partes preferidas (igual que el momento de Cassie ante el examen de filosofía en la serie adolescente Skins): la anécdota académica. La facilidad para estudiar, para conseguir becas, la certeza de que sacará sobresaliente en todo lo que curse. Seguida de la desesperación porque eso no es la vida, en un momento la etapa académica se acaba, ¿y qué después, cuando una solo vale para sacar sobresalientes y conseguir becas? Todo esto aparte de la parte feminista, social, de la comparación con nuestros días, cómo las cosas no han cambiado, cómo la sociedad nos oprime, cómo es la sociedad quien nos enferma; pero todo eso ya lo dice muy bien Aixa de la Cruz en el prólogo.

Pero lo que más me gustó es que, pese a lo que cuenta, pese a ser una historia en primera persona sobre una jovencita, prácticamente adolescente aún, contándonos sus males y desgracias, sus caprichos, sus citas con chicos, su hastío vital…, no es en absoluto una novela tonta. Y en parte es por el estilo. Por la estructura, por la cantidad de frases de un humor gélido y acidísimo, pero sobre todo por la forma de describir y comparar. Las metáforas, las comparaciones, son tan personales, tan alejadas de tópicos, tan sensoriales, tan vivas y extrañas pero con tanto sentido, que es imposible no pararse a admirarlas. Y entonces uno piensa: claro, es que es una novela escrita por una poeta.

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