No comparto con las protagonistas procedencia ni clase social, dos de las cosas más importantes de la novela, pero sí la tercera, la generación. Incluso si no se compartiese ninguna, creo que la novela seguiría teniendo mucha fuerza. La frescura con la que está contada, muy en la línea de Papi, de Rita Indiana, ayuda a que el lector se sumerja en la ficción hasta preguntarse si es realmente ficción.
Los juegos de la Game Boy, las Barbies y los Ken (muchas Barbies, pero un solo Ken, que tiene que turnarse para hacer de todos los chicos de la historia), los bolis de purpurina, el descubrimiento del Messenger…, son cosas tan reales para las niñas de mi generación que es imposible no cogerle cariño inmediato a esta novela que tan fácilmente sentimos como nuestra.
Desgarradoramente realista, narrada por una narradora infantil, encontrando un estilo literario en el lenguaje de la calle –las cosas se escriben como se oyen–, organizada en fragmentos cortos, muy potentes, que te dejan tanto mal cuerpo como ganas de seguir leyendo. Cuenta la historia de dos niñas canarias que aún no han empezado el instituto pero ya juegan a masturbarse y tienen conversaciones sexuales con desconocidos por Messenger. Es una novela que habla de la amistad, del amor preadolescente, del deseo sexual infantil, de la desobediencia a los padres, de travesuras, de ganas de rebeldía, de las riñas entre mejores amigas, de la traición que una siente cuando la otra crece o madura antes que ella y la lejanía casi insalvable que eso provoca, de la violencia sexual desde la infancia y la impotencia y el desamparo durante y tras una violación, de los trastornos alimenticios fomentados por el entorno e incluso por la familia, de la diferencia de clases entre las niñas de la zona más pobre del barrio y los turistas en cuyas casas rurales limpian sus madres, del sueño de conseguir que las lleven a la playa en verano, de la sensación agobiante de un pueblo pequeño y vertical con el cielo siempre encapotado, de la admiración y envidia que la amiga más débil siente por la socialmente más fuerte, de los vicios de los adultos, de vidas poco saludables y faltas de esperanza, de la muerte de los padres en la infancia, del acoso que sufren los niños que son diferentes, del género de los juguetes, de la regla, de las bragas que se meten por la raja del culo, de los cuerpos de las niñas, de los primeros sujetadores, de perros callejeros, de problemas de salud mental, de problemas de dinero, de telenovelas y canciones horteras…
Para mí el único problema es el final. No hacía falta un final.
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