martes, 17 de septiembre de 2024

Otra vida por vivir, de Theodor Kallifatides.

Cuando leí El pasado no es un sueño, me había sorprendido para bien que me cayera bien un señor mayor del siglo pasado. Es decir, que me gustara su punto de vista, su visión, su forma de entender y explicar las cosas, sin momentos machistas ni carcas ni anticuados. Así que me decepcioné un poco aquí cuando de repente presta tanta atención a decir si las mujeres de un congreso de escritores son o no son bellas, si las camareras son o no son bellas, si a su mujer le queda mejor la bata azul o la roja. Pensamiento de hombre. Nada grave, pero comentarios de señor. Un poco peor el momento cuando va al gimnasio más pronto de lo habitual y en vez de jubilados hay una chica joven y dice no poder evitar querer mirarla mientras hace ejercicio. Luego los hombres se sorprenden de que las mujeres estemos incómodas en el gimnasio. Pero en fin, esto es anecdótico, tampoco hay tantos momentos en el libro así.

El libro son los pensamientos y sentimientos de un hombre en la vejez. De un hombre que se sabe en la última fase de la vida cuando descubre que no puede escribir más, después de llevar haciéndolo toda su vida. A lo largo de todo el libro, Theodor se debate entre rendirse, parar, abandonar su estudio y resignarse a dar paseos sin rumbo por la ciudad y leer el periódico, o seguirlo intentando, seguir abriendo el ordenador y mirar la página en blanco durante horas. Se pregunta por qué no puede escribir, por qué no se emociona con sus recuerdos, si ha vivido la vida que quería, si se habrá equivocado, pero sobre todo reflexiona todo el tiempo sobre las lenguas de su vida: el sueco, lengua en la que escribe, en la que se hizo famoso, de la que se enorgullece de haber dominado rápido tras su llegada y haber alcanzado la capacidad literatura en ella, pero lengua aprendida al fin y al cabo, en la que siempre teme cometer errores, en la que nunca podrá ser del todo espontáneo o natural;  y el griego, su lengua materna, en la que lleva sin escribir desde hace más de cincuenta años, que no enseñó a sus hijos porque no quiso, que su mujer nunca aprendió, pero que extraña, así que busca a otros emigrantes griegos o llama por teléfono o relee cartas antiguas para recordarla y no perderla.

El lector sabe que al final vuelve a escribir y que lo hará en griego, porque el libro existe, fue escrito, y fue escrito por primera vez en griego. Así que, aunque las páginas estén compuestas sobre todo de reflexiones y anécdotas, existe cierta intriga, cierta tensión, que engancha: ¿cómo vuelve a escribir? ¿Qué pasa? ¿Cómo lo consigue? ¿Qué cambia?

Es la historia de la reconciliación de un hombre con su lengua, con su pasado, con su historia de emigración, con los cambios del mundo, tanto de su país de origen como de su país de destino, que avanzan rápido y en una dirección diferente a como a este hombre mayor le gustaría. Ni Grecia es ya el país de donde se fue ni Suecia es ya el país donde se quedó. Así que, cuando parece que ya no tiene nada más que contar, debe buscar una nueva forma de escribir. 


No hay comentarios:

Publicar un comentario