sábado, 26 de diciembre de 2020

María, de Jorge Isaacs.

Es uno de los clásicos de la novela de amor hispanoamericana –colombiana– del siglo XIX, con numerosos elementos, tanto formales como temáticos, de Romanticismo tardío.

El protagonista, Efraín, es el primogénito de una familia acomodada. Esto en la época significa que son los patrones blancos de un montón de tierras donde viven familias de mestizos que trabajan para ellos. Tanto unos como otros tienen, además, esclavos negros, a los que se trata mal y se llama feos y tontos, pese a que en la novela se dice que en esa época ya estaba prohibida la esclavitud. Es algo que, leyendo la novela desde hoy, choca y se hace incómodo, pero que debemos obviar y recordarnos que es una novela de otra época para poder disfrutarla. Además, la imagen que se da de esta situación en la novela no es de complicidad con ella. Aunque no puede decirse que se haga crítica, sí es cierto que hay un empeño por la familia protagonista –basada en la familia real del autor– de tratar bien a sus empleados, de relacionarse con los mestizos sin aires de superioridad y de no tratar mal a los negros, incluso narrando con un aire de denuncia las situaciones vejatorias que presencian.

Continuando con el argumento, Efraín es un joven del rural antioqueño que se va unos años a vivir a Bogotá para estudiar Medicina. Un verano, pasa unos meses con su familia antes de emprender un nuevo viaje a Europa para continuar sus estudios. En la casa familiar se desarrolla un castísimo romance entre el joven y María, su prima huérfana que vive con ellos desde que eran niños.

El ambiente familiar, la belleza de los campos que rodean la casa, las flores silvestres que decoran en floreros todas las habitaciones, los viajes a caballo en días plácidos o a través de peligrosas tormentas, las visitas costumbristas a los vecinos, las peligrosas y emocionantes cacerías en los montes, los baños aromáticos entre pétalos de rosa bajo los naranjos del patio, las frescas aguas del río donde se bañan en los paseos de la tarde, las comidas tradicionales a base de maíz, los detalles de las vestimentas tanto masculinas como femeninas, los peinados llenos de trenzas de las mujeres, los utensilios cotidianos colgados en las paredes de las casas, las labores de escritorio de los patrones de la hacienda…, todo está descrito con una belleza abrumadora, con una narración entre el detalle realista y la pasión romántica, en una prosa sencilla, pero llena de americanismos y términos locales –el glosario final incluido por el autor y las notas del editor Donald McGrady de la edición de Cátedra se hacen insuficientes– que dificultan a veces la comprensión.

La trama principal es el amor entre los dos primos, que avanza lentísimamente y que está desde el principio lleno de trágicos presagios. La emoción de los personajes es desmedida y las muestras de afecto son tan esporádicas, sutiles y contenidas que parecen querer desesperar a un lector actual. El afecto entre ellos es tan tierno y tan puro que el lector casi contiene la respiración cada vez que los amantes se atreven a rozarse las manos.

Es una novela llena de belleza, pero la acción es poca y lenta. Tienen que gustar las descripciones y la expectación por una trama que parece que no llega: es un gran amor, pero de manifestaciones muy sutiles. Y, sobre todo, es una novela romántica, así que, conociendo un poco el género y la época, no hay que esperar grandes sorpresas o giros imprevistos en el argumento.

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