Es una novela sobre un chico de 25 años que vive en Los Angeles y está perdido en la vida, así que decide suicidarse. La trama sucede en pocos días. Se empieza describiendo el hastío vital del joven cuando, en una fiesta en su propia casa, está aburrido, pensando en lo mala que es la música y no consigue tener sexo con su novia.
El ambiente es parecido a Menos que cero, de Bret Easton Ellis, que leí hace unos meses, y creo que por eso me apeteció leer este: jóvenes en California que están perdidos en la vida, escuchan música, van a fiestas, dan muchos paseos en coche y se juzgan mucho por las apariencias. Y que, aquí, además, critican el consumo de drogas, se preocupan por la contaminación, la comida saludable, la industria del entretenimiento o la inmoralidad de la publicidad. Lo que me sorprendió en este caso es que el protagonista tenía un trabajo estable. Si bien no el mejor trabajo del mundo, al menos no el que él desearía, sí un trabajo en una oficina, que no le exige mucho esfuerzo ni mucho rendimiento, pero le llega para pagar su piso para él y su novia, algunos caprichos e incluso los caprichos de algún amigo endeudado. Es decir, que va de un joven de 25 años que no sabe qué hacer con su vida, pero que al menos ha ido a la universidad, tiene su propio trabajo y vive en su propio piso, que ya es algo. Por lo tanto, frente a Menos que cero, esta claramente no es una historia de adolescentes, sino de jóvenes adultos.
Todos los días, Zeke pasa su jornada en la oficina, escribiendo eslóganes malos para películas cutres, junto a dos excéntricas compañeras de trabajo. Luego vuelve a casa, bebe, escucha música y tiene sexo con su novia. Hasta que de repente todo estalla para él: rompe con su novia, deja el trabajo y decide suicidarse. Entonces, aparece un viejo amigo que, con la excusa de animarlo a hacer locuras en los días que quedan para la fecha pactada de su muerte, le hace reflexionar sobre la vida, plantearse las vivencias diferentes que se pueden tener y preguntarse si es posible encontrar algo que le haga disfrutar.
Es un libro corto, escrito en un lenguaje muy sencillo, con mucho diálogo y con bastante humor. Pese a reflexionar sobre la idea del suicidio, no es para nada un libro de autoayuda o un libro con pretensiones motivacionales, sino un relato de humor ácido sobre la desgana y el hastío de no saber qué hacer con la vida a los 25 años. Pero tampoco es una historia pesimista o que incite a la depresión, porque los personajes que apoyan la trama (las compañeras de trabajo y, sobre todo, el amigo) son tipos curiosos, activos e interesantes que provocan diálogos y situaciones diversas, que al final dejan con la sensación de querer vivir, atreverse a hacer cosas y no dejarse llevar por la inactividad.
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