sábado, 11 de diciembre de 2021

Escrito en el cuerpo, de Jeanette Winterson.

Hace años que un profesor de la universidad nos recomendó Written on the Body, de Jeanette Winterson. Habíamos leído el cuento “Te entrego, amor, la mar como una ofrenda”, de Carme Riera. El profesor había preguntado en clase: “¿os ha sorprendido?” La mayoría de la clase dijo que sí, que no se lo esperaba. Yo me lo esperaba (un par de personas más también). No me suelen gustar los artificios que comprometen la calidad literaria en función de un juego, de un experimento, de la búsqueda de una sorpresa final. Pero todo hay que ponerlo en su época, claro. Habíamos leído también El mismo mar de todos los veranos, de Esther Tusquets (maravilloso), y yo había hecho (como siempre, un poco, en el fondo, para provocar) un trabajo donde decía que no era tan importante el lesbianismo en la novela (el profesor nos la presentaba como LA novela sobre EL LESBIANISMO, ¿la primera novela con el lesbianismo como tema central de la literatura española, creo recordar que era?), sino que era más importante el hecho de ser una mujer de mediana edad estancada en un matrimonio que no la satisfacía y una alumna suya, es decir, que para mí primaba la diferencia de edad y de momentos vitales frente al género de las protagonistas. Pero claro (lo sé, lo sé), la época. El mismo mar de todos los veranos es de 1978. Estudiábamos la literatura de la transición. Un nuevo momento de la literatura española. Así que estaba permitido el juego de Carme Riera con su cuento ambiguo. Era nuevo. Era sorprendente. Nadie en los setenta iba a pensar que se trataba de una relación homosexual hasta que se lo dijeran explícitamente. Igual que cuando nos referimos a alguien por el apellido (“Tengo una reunión con Martínez”, por ejemplo), tendemos a pensar primero que es un hombre.

En ese contexto nos recomendó el profesor Written on the Body. Yo no pensé que fuera relevante que un profesor de literatura española nos recomendase el título en inglés. Pero lo era. Y me di cuenta desde que empecé a leer el libro, por aquel entonces. La prosa sonaba fea, sonaba forzada. ¿Podría deberse eso a que en inglés los adjetivos no tienen género, y, por lo tanto, se pueden usar en un discurso de género no marcado? No he comprobado mis teorías con el texto original, pero presupongo que en la traducción hay un exceso de construcciones perifrásticas (tener que decir, por ejemplo: “tenía encima mucho cansancio” o “me sobrevino el cansancio” en vez de “estaba cansado/a”, o “me vi como una persona guapa” en vez de “me vi guapo/a” [no son ejemplos tomado del libro]), de construcciones verbales (el verbo no tiene género), de rodeos, en fin, de traducciones inexactas para mantener la ambigüedad de género del protagonista (de la persona protagonista).

Reconozco que es posible que, tal vez, el problema pudiera ser más mío que de Encarna Castejón, la traductora en Lumen. Y es que, en esa primera lectura, yo estaba obsesionada por encontrar esos defectos, esas dificultades de traducción. No saltan a la vista exactamente, pero se percibe un lenguaje forzado, que no fluye, no suena natural, no suena bonito. A veces me pregunto si no será por el hecho de tener que evitar las marcas de género, sino simplemente una mala traducción, sin más. Hay traducciones que suenan feo, que suenan poco naturales, que desmerecen los libros, sin ser por este tipo de dificultades. A veces me pregunto si, incluso, podrá ser así el original: entrecortado, torpe, a trompicones…

Tras varios intentos de lectura, aquel año dejé el libro. Hasta que me leí, el mes pasado, ¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?, que me gustó mucho. La prosa era natural, fluida, sencilla, agradable de leer. Avanzaba sola. Por eso se me hace difícil creer que el problema de Escrito en el cuerpo no sea la traducción. Pero a lo que voy: me leí ¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal? y me gustó mucho. Y no solo me gustó mucho, sino que me hizo ver que tal vez no había sido justa con Escrito en el cuerpo. En ¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?, autobiográfico, Jeanette Winterson habla de sus otros libros. Y lo que decía de ellos me gustaba. Así que, antes de comprarme Fruta prohibida, decidí darle una nueva oportunidad al que tenía a medias en la estantería. Y descubrí que, pese a que el estilo me seguía sonando fatal, feo, descuidado, torpe (y mejor no seguir), había sido, en efecto, injusta con el libro. No había ninguna necesidad de andar buscando las juntas y los andamios. Es decir, ¿para qué me obsesionaba con buscar expresiones de género gramatical que se hubieran colado, o frases antinaturales que se podrían expresar fácilmente con un adjetivo? Eso solo iba a hacer que no disfrutase la lectura. Así que dejé de buscar esas pistas de género (en una traducción del cuento de Carme Riera al castellano, no la que leímos nosotros en clase, también se les había colado una), y me puse a leer el contenido sin preocuparme por el género del narrador. Hay fallos (o, si no fallos, expresiones demasiado rebuscadas, que no cuelan), y fui anotando algunos (en la primera lectura había anotado los de las páginas 16, 29, 43, 46, 63, 64, 65, 66, 67, 68; en la segunda lectura añadí los de las páginas 31, 42, 16, 25, 92, 165, 188) pero solo cuando su presencia me llamaba la atención y me sacaba de la lectura, no porque fuera intencionadamente a la caza de pistas, a la caza de faltas.

Había otro motivo para que en la primera lectura no me gustase. No era mi momento para leerlo. Y me di cuenta de esto también por haber leído ¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal? Me di cuenta de que aquel año estaba leyendo el libro buscando, en primer lugar, calidad literaria, y (por los motivos ya comentados) no la encontraba; en segundo lugar, ante la falta de belleza del texto, al menos identificarme con la historia, pero tampoco lo conseguía. Solo esta vez me di cuenta de que lo que estaba leyendo (al menos hasta la parte del duelo) era una novela erótica. Y, leyéndolo desde esa perspectiva, me pareció una cosa muy diferente. No aburrida y sin interés, como me había parecido la primera vez, sino sugerente, con bellas imágenes.

Al mismo tiempo que me leía Escrito en el cuerpo esta vez, veía, para pasar el rato (y evadirme del agobio de la entrega de trabajos del máster) la serie musical adolescente Glee! No me gustan los musicales. No me gusta que la acción se pare y haya un número de baile. Me aburren los números de baile, me molesta que se digan las cosas cantando, pero sobre todo, siempre me paro a pensar que no es verosímil. Ya, ya, no tiene que ser verosímil. En un musical de repente se ponen a cantar y salen de por ahí cien bailarines y hacen una coreografía que todos se saben espontáneamente y no pasa nada porque no sea coherente que todos se la aprendan tan rápido, porque de eso van los musicales. Pues aquí pasaba un poco lo mismo. No pasa nada porque cuando se esté bañando una mujer en un río de repente se haya convertido en una ninfa entre reflejos y melena y brisa y destellos y fantasía; no pasa nada porque en una casa entren los/las amantes en una habitación y de repente estén en una casa de árbol con forma de palacio y ambiente de sauna, con lujos y cojines y divanes y colores y perfumes y sudores y espejos; no hace falta buscarles la verosimilitud, solo hay que dejarse embriagar por la imagen y la sensación, y desde luego nunca andar buscando errores gramaticales mientras tanto. No es una novela para andar analizando. Sino para sentir, para dejarse llevar.

Si esto me gusta o no me gusta, ya es otro tema. Para una vez estuvo bien, porque leerla me llevó a pensar todo esto. ¿Volvería a leerla? Probablemente no. Al menos, no todas las páginas, no hasta el final. ¿Leeré otra novela de Jeanette Winterson? Al menos Fruta prohibida la tengo pendiente.

Una última cosa: el interludio sobre las partes del cuerpo. A ver, cómo digo esto. Me quedé atascada ahí durante semanas. No porque estén mal, de hecho, algunos eran interesantes. Hacer erotismo de las partes del cuerpo en estilo ensayos cortos con datos de libro de anatomía es una cosa original. Pero, de nuevo no sé si por la traducción o porque no acababan de parecerme perfectos, yo habría pasado sin ellos (o sin tantos de ellos, y eso que eran cortos). De hecho, si no hubiera hojeado el libro y descubierto que, tras esa parte, volvía la narración, tal vez no hubiera seguido leyendo.

Reconozco que, en general, el libro se me hizo largo. De vez en cuando leía un buen trozo seguido, pero a menudo me estancaba. Y no es una lectura para leer en la sala de espera del centro de salud o esperando el autobús (por eso que dije de que creo que hay que intentar sentir lo que cuenta, más que pensarlo o analizarlo o enterarse racionalmente), así que a veces me costaba avanzar, y tardé más de un mes en leer sus 217 páginas.  Definitivamente, no es mi tipo de lectura. A ver qué tal Fruta prohibida y su traducción.

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