Un padre muerto. Al menos un ataúd. Una voz narrativa desdoblada que ¿simultáneamente? escribe, lee, oye, dice. Lo que parece claro es que miente. Distorsiona, confunde, olvida, inventa. Motivos recurrentes. Contradicciones. Repeticiones. Desconcierto, confusión, desamparo. Guerra interior, recuerdos, pesadillas y obsesiones. La única forma posible para la narradora de escapar al trauma es el desdoblamiento, la introspección, la distorsión, la invención… del recuerdo. El propósito (la obsesión): saber de qué estamos hechos y poder nombrarnos. El impedimento: una enumeración de miedos y el encierro forzoso en una misma. Ensimismamiento delirante.
Forma experimental que concuerda perfectamente con el contenido, completándolo, posibilitándolo, como si esas enormes oraciones llenas de subordinadas y sin comas fueran la única forma de contar esta historia fragmentada y superpuesta, la única forma de narrar el estado mental del personaje, que es quien, a la vez, escribe y lee, oye y dice, y –sabe, reconoce– miente.
Pocas páginas, pero intensas.
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