Me empecé este libro el día del apagón porque la página de las bibliotecas públicas de Galicia no cargaba, pero la de Madrid sí. En algún momento lo había añadido a mi wishlist, así que me puse con él. Además, físicamente, me parecía que me podía gustar, por lo que había leído de él, por la portada, por la editorial...
El principio no me pareció excesivamente interesante. Cuando descubrí que iba sobre las reacciones de unas personas de mediana edad a la muerte repentina e imprevista del más querido de su grupo de amigos, me dio un poco de pereza. Estos desencadenantes tan graves siempre me suelen dar pereza. Como si fuera algo muy de curso de escritura: mete a unos personajes en un sitio concreto, haz que pase algo imprevisto y a ver cómo reacciona cada uno y qué dinámicas se producen en conjunto.
La verdad es que el tema no me encantaba ni tampoco los personajes, ricos, cultos, pijos, culturetas, intelectuales. El mundillo del arte. Como me suele pasar, la historia de las hijas, jóvenes, me atraía un poco más, pero también se me hacía un poco tópica: tan diferentes, una recatada, femenina y fea, otra fuerte, masculina, atrevida, de belleza dura y salvaje, y la descripción de las casas de estudiantes, sucias, cutres y revueltas, con gente que sale y entra, fiestas, desnudez, alcohol, sexo.
Te enteras pronto de que esto es todo un lío de faldas: quién se enamoró, salió, se lío o se acostó con quién. Eso sí, muy bien llevado. No es que me interesase especialmente la vida de ninguno de ellos, pero la forma de ir desvelando la información está muy bien pensada. Por lo tanto, destaco de esta novela, sobre todo, la inteligencia de la estructura. Todo el libro es estructura, sin la estructura no quedaría nada. Sin la dosificación de la información, sin los flashbacks, sin medir lo que saben cada uno de los personajes en cada momento de la historia y el lector en cada capítulo que avanza, no quedaría más que la narración de los bastante recatados, aunque a ellos les parezcan tan escandalosos y modernos, líos amorosos de los protagonistas.
No me pareció tampoco que estuviera especialmente bien escrito. El estilo de la narración es muy neutro, casi periodístico. No se puede decir que las descripciones sean bellas, ni los detalles originales ni sorprendentes, ni los diálogos naturalistas ni poéticos. La lengua es correcta (salvo por bastantes erratas y otros errores lingüísticos, pero eso es cosa de la edición). De vez en cuando, como pasa en Nada de Carmen Laforet, hay algún párrafo que desentona por su intento poético, que, por lo raro y poco original, se hace simplemente cursi y fuera de lugar. Como si de repente al lector le quisieran recordar que está leyendo literatura, que hay una intención estética detrás, aunque poco conseguida. Sin embargo, es verdad que, una vez que lo hube terminado, al ir a anotarlo en mi lista de “Libros que leí”, me di cuenta de que ya había leído otro libro de la misma traductora, Magdalena Palmer, y me había pasado un poco lo mismo. Hace muchos años, un amigo me había regalado Oso, de Marian Engel, que me había desagradado bastante. No solo por lo repulsivo de la innecesaria narración del acto sexual con explícita descripción del pene erecto del oso, sino porque me daba la sensación de que la narración de los paisajes de ensueño no me estaba consiguiendo transmitir lo que debería, es decir, que una novela que iba, se suponía, de la narración del ambiente solitario y del paisaje sobrecogedor, se me hacía fría y no me hacía sentir belleza. El lenguaje no era bello, no había emoción en la narración, era demasiado plano y poco literario para la historia que se estaba contando. Así que me pregunto si sería no un problema de Marian Engel ni de Tessa Hadley, sino que el estilo de la traductora no encaja conmigo y no me consigue emocionar.
Volviendo a Lo que queda de luz, además de la estructura, también están bien construidos los personajes. La novela narra la vida entera de cuatro personas, desde su juventud hasta su madurez, desde que están en la universidad hasta que empiezan a notar en sí mismos y en los demás los primeros signos de la vejez. Eso está muy bien hecho. Algunos detalles de estas personas me gustaban, con algunos rasgos o comportamientos me identificaba, otros me recordaban a conocidos míos, es decir, que los personajes tenían comportamientos de personas de verdad, y eso me gusta. Pero no dejaban de ser, como dije al principio, personas de una clase social y un mundillo determinado y una edad precisa, con las que no conecto.
Me tuvo entretenida, eso sí. Tal vez por la estandaridad de la narración y por la poca complejidad de la trama en sí, fue un muy buen libro para leer en los ratos libres del trabajo, a trocitos, o cuando tenía el cerebro demasiado cansado para poder concentrarme demasiado en nada.
Sí, es posible que precisamente por haberlo leído así no me haya entusiasmado. Pero otros libros que también leí así me interesaron más, y los libros escritos de forma más literaria no los consigo leer en esas condiciones, o bien por complejidad, o bien porque me da pena estarme perdiendo lo que creo que me podrían aportar por leerlos mal.
En resumen, una historia no muy original de unos personajes bien construidos pero que no me interesaban mucho, contada con un lenguaje bastante poco literario, salvo por alguna floritura esporádica, pero presentada con una estructura muy inteligente, que creo que es lo que hace que todos los demás elementos puedan dar lo máximo de sí.
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