lunes, 12 de mayo de 2025

Victorian Psycho, de Virginia Feito.

Aunque no soy la más fan de la literatura inglesa de salones y bailes, sí que me dio curiosidad este libro, con esa declaración de intenciones en el título. American Psycho me había encantado cuando lo leí durante el confinamiento, y últimamente me estoy esforzando con Jane Austen (y la forma de dirigirse al lector aquí se parece mucho a La abadía de Northanger). Como el libro era corto, decidí ponerme con él (soy de ese tipo de personas que se agobian ante los libros gordos, como si me fuera a quedar atrapada en ellos demasiado tiempo).

La narración es agradable, ligera y a la vez poética en sus descripciones del horror. La protagonista es cautivadora. Su mirada, su voz, sus burlas al lector, la convierten en un personaje realmente vivo y fascinante. Las anticipaciones de lo que va a pasar (¿o ya pasó? ¿quien narra esto está viva o ya muerta, ya fantasma? ¿es el tiempo lineal? “No recuerdo si eso es algo del pasado o si todavía tiene que suceder”, dice la institutriz acariciando el pelo de Andrew embadurnado en sesos y trozos de piel) se cuelan en forma de sueños o alucinaciones en mitad de la narración. Sabemos desde muy pronto lo que va a pasar: todos van a morir y a la protagonista la van a colgar. Así que se trata de dejarnos llevar y que nos cuenten cómo se llegó a eso, disfrutando de todas las maldades que esta institutriz que nunca pudo llorar comete por placer, o por desgana, o de forma inevitable, todo narrado con pelos y señales y vísceras y sangre, que parece manar a borbotones pero luego nadie advierte en la piel ni en la ropa que tuvo que haberse manchado.

La visión feminista con que la protagonista narra y piensa no pertenece claramente a la época de la historia, pero no importa, porque sabemos que este personaje no busca ser realista, sino jugar con el lector, al que se dirige constantemente, del que se burla, al que intenta engañar incluso:

La campana de la iglesia toca las doce de la noche. Apuñalo a Drusilla en el pecho una vez y otra y otra y más y más, buscando los huecos entre sus costillas con la punta del cuchillo de pintura igual que los hombres clavan el pene en los hímenes que no ceden.

La campana de la iglesia toca las ocho y entro en el comedor. Es la mañana de Navidad y la luz de un hermoso día de invierno se cuela por las vidrieras. Drusilla está bien, aunque un tanto pálida, sentada a la mesa del desayuno. Claro que está bien. Los cuchillos de pintura, por muy afilados que estén, son demasiado romos para atravesar el pecho. No seas crédulo.

Tuve que anotar algunas frases, demasiado geniales para dejarse olvidadas dentro del libro. Por ejemplo: “Atravieso a Art Fishal con una de las cornamentas de ciervo que hay colgadas en la galería de trovadores, y al chocar el hueso contra el hueso suena como las agujas de tejer”, una comparación perfecta por lo femenino y antiguo de la actividad. Claramente, la narradora usa para las comparaciones es mundo que conoce, y sorprende ver algo tan tradicional, femenino e inofensivo como las agujas de calceta usado en una imagen tan gore. La descripción que hace de la regla y el parto para quejarse de que los hombres crean que las conversaciones sobre actos violentos afligen a las mujeres (“No hables de eso ahora, Robert, no debemos molestar a las damas”) también es digna de mención.

La verdad es que me atrapó desde el principio hasta el final. Seguí y seguí leyendo hasta que me lo acabé, en dos días.

Ah, y también se agradece una protagonista orgullosamente gorda (si hicieran una serie sobre el libro, lo que sería estupendo, seguro que la protagonista televisiva no lo sería, porque las mujeres, si son raras, tienen que ser, al menos, canónicamente guapas).

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